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domingo, febrero 17, 2008

Asado de Ternera

La carta ganadora del Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor fue Asado de Ternera de Lola Sanabria. Me pareció genial. Además en la página web de escuela de escritores aparecen otras cartas por si quedan con ganas de más.

"Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla", así me decías nada más acercarme al cristal del mostrador. Entrabas en la cámara frigorífica y volvías con la carne, roja y brillante, como si acabaran de matar al animal. La soltabas sobre la bandeja, tecleabas el código y aparecía el precio en la ventanita.
Demasiado cara para mi bolsillo, pero yo prefería ahorrar en tomates y jamón, antes que renunciar a la tapilla. "¿Cómo la quieres, guapa?", preguntabas mientras la recorrías con la mano como si la acariciaras. Y sin esperar mi contestación, porque tú la sabías de otras veces, afilabas el cuchillo y la ibas limpiando. Yo te dejaba hacer sin hablar, no fueras a cortarte; y tú encogías los dedos de la mano izquierda, presentando los nudillos al filo del acero. Agarrabas el mango del cuchillo con la otra mano y lo movías con precisión para no llevarte ni un gramo de carne. Sólo la piel y la grasa. Me gustaba verte trabajar para mí con tanto mimo. "¿Te la meto en la malla, guapa?", preguntabas guiñándome un ojo. Y yo me ponía roja. "No, que encoge", te decía. Y tú: "¡Cuánto sabes, guapa! ¿Y cómo la preparas?". Entonces yo volvía a darte la receta: "Sal; unas vueltas en el aceite de oliva, hasta que se dore; una cebolla en aros; orégano; un vaso de vino blanco, y veinte minutos en la olla. Luego enfriar y cortar en filetes". "¡Qué bien lo haces, guapa! Tu marido debe de estar muy satisfecho", decías. Pero no, a mi marido le daba igual. "Algunos no saben apreciar lo que tienen en casa. Toma, guapa". Al entregarme la carne envuelta, nuestras manos se tocaban. Tú tardabas unos segundos en retirar la tuya y a mí se me aflojaban las piernas y tenía que hacer un esfuerzo para moverme de allí. Pasaba por la frutería a por las naranjas y los tomates baratos, luego por la charcutería a comprar la mortadela de aceitunas y el chorizo de guisar, y por último a la pescadería a por los chicharros y las sardinas. Cuando ya no tenía nada que comprar, remoloneaba un poco entre los puestos, haciendo como si mirase la mercancía, y después, a mi pesar, volvía a casa. Agustín llegaba del trabajo y todo eran quejas. Que si estoy agotado, que si vaya vida, siempre trabajando, que si a ver si preparas pronto la cena para irme a dormir. A mí ni preguntarme qué tal me había ido. Luego se quedaba transpuesto en el sillón mientras yo ponía el vídeo con la película de Hilda y lloraba un poco, a lo tonto, con aquella bofetada del protagonista a su chica. A veces Agustín se iba a la cama antes de que terminase y cuando yo entraba en la habitación, él ya estaba roncando. Otras, las menos, se espabilaba un poco y nada más meternos entre las sábanas, se me ponía encima con esa respiración de asmático que tanto odiaba. Yo cerraba los ojos y eras tú el que me abrazaba, y eran tus manos las que subían por mi espalda y se enredaban en mi pelo, pero más suave, porque Agustín, más que acariciar, restregaba y daba tirones. Luego él se retiraba de golpe y se daba la vuelta con un buenas noches, como si nada, dejándome a dos velas y sin sueño. Antes de que tus piropos, tus guiños y tus miradas, me animaran a vestirme con mi mejor falda y mi mejor jersey; antes de que aguantara el suplicio de los tacones; antes de que me pusiera la raya negra en los ojos y el carmín en los labios; antes de que tú me dijeras tengo reservada para ti, guapa, una tapilla, yo lloraba en silencio hasta que el sueño me rendía. Pero fue conocerte, y pasar la noche soñando con que eras tú el que dormía a mi lado. Y no me dabas la espalda. Me abrazabas y me decías esas cosas tan bonitas que sabes decir. Yo volvía a la mañana siguiente al mercado, bien arreglada para ti, con el carrito de la compra, aunque muchos días no tenía nada que comprar y sólo lo paseaba de un lado a otro mientras te miraba, y tú a mí, por el rabillo del ojo. A veces me gritabas: "¿Hoy no me quieres, guapa?". Y yo que no, que tengo carne en el frigorífico, que mañana. "Algunos hombres no saben apreciar lo que tienen. ¡Ay si no fuera porque estás casada!", dijiste el viernes antes de darme la tapilla. Y yo sentí más que nunca tener que dejarte detrás del mostrador para volver a casa. Se me hizo insoportable la sola presencia de Agustín. Se me hizo insoportable no poder verte durante el fin de semana. El mercado tenía echado el cierre y yo paseé por la acera, arriba y abajo, taconeando con rabia, como un animal al que le niegan la comida. Porque tú me alimentabas con tus guiños y tus piropos y esa manera de decir: "Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla". El sábado se hizo interminable, a pesar de Hilda y de mis paseos. El domingo fue menos cruel. Cada minuto que avanzaba en la esfera del reloj, era uno menos para volver a verte. Un alivio mirar por la ventana y ver el sol desaparecer detrás de los edificios. Esperé en un duermevela a que la noche se consumiera, con Agustín al lado, roncando y diciendo palabras sin sentido. Lo movía un poco y él: "¿Qué pasa?". "¡Qué va a pasar!, que roncas". Se daba la vuelta y en seguida otra vez. No soportaba su sueño de cavernícola, no soportaba su despertar con el aliento a saliva rancia. Lo estuve mirando mientras se afeitaba, con los cordones del pijama colgando debajo de la tripa, y sus brazos fofos y velludos saliendo de la camiseta de tirantes. Me dio como un mareo, una náusea seca, de esas tan malas porque no tienes nada que echar. Pero yo si tenía algo que echar aunque no era comida. Me puse mi mejor vestido, ese azul que dijiste que te gustaba tanto, y unos zapatos de tacón muy alto. Pasé mucho tiempo delante del espejo cubriendo con una capa de maquillaje las bolsas de los ojos de tan poco y mal dormir; di color a mis mejillas sin jugo; pinté mis labios de rojo pasión, y me fui al mercado sin carrito. Me acerqué al mostrador, y antes de que tú hablaras, te dije: "Voy a dejar a mi marido". Te quedaste callado y miraste a un lado y a otro como si buscaras algo, luego dijiste que lo sentías mucho y yo me quedé frente a una paletilla de cordero, un pollo y un conejo, sin poder esconderme. Luego, me preguntaste muy serio qué quería, y yo te contesté sujetando el llanto: "¡Qué voy a querer! La tapilla".

jueves, enero 10, 2008

CARTAS DE AMOR


La Escuela de Escritores tiene un nuevo concurso. Esta vez se trata de hacer cartas de amor sin ese tonito cursi que las hace perder el sentido literario que tanto se extraña. La promoción es la siguiente:


¿Acaso es indispensable repetir siempre las mismas bobadas cuando hablamos de amor?, ¿es obligatorio ponerse cursi y dulzón? Siendo el amor una emoción intensa y verdadera, ¿hay derecho a que acabe casi siempre en un montón de líneas recargadas de tópicos y frases hechas? Porque el amor merece mejor suerte la Escuela de Escritores presenta la séptima convocatoria del Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.

Ya lo dice el maestro Antonio con su inimitable estilo: "La emoción, el sentimiento, y el escritor siempre un paso por detrás". Y es que, seguramente, uno de los rasgos que distinguen a un buen escritor de uno mediocre es su capacidad para expresar sentimientos y emociones sin acudir a los tópicos ya mil veces dichos y a las generalidades vacías de la menor emoción verdadera. Lejos también, claro, de esa frialdad artificiosa que tantas veces se quiere camuflar como un recurso de estilo. Y es que hablar de amor es muy difícil, parece casi imposible decir algo nuevo, original, verdadero. Pero es inevitable. Nadie dijo que escribir fuera fácil y encontrar el camino para expresar los sentimientos, los nuestros y los de nuestros personajes, es una necesidad irrenunciable para todo aquel que quiera ─que de verdad quiera─ ser escritor. Por eso, para hablar de sentimientos y expresar emociones, para hablar de AMOR ─ ese sentimiento tan difícil─, convocamos este concurso. Un concurso de cartas de amor. El nuestro. El Antonio Villalba. ¿A qué esperas para sentarte a escribir?


Las bases del concurso, formularios y otros, los encuentras en elsiguiente link. Pincha aquí

miércoles, octubre 31, 2007

LO VÍ

La imagen fue obtenida desde http://diarioescritor.bitacoras.com/tristeza.jpg

Ya que no quedé seleccionada en el concurso Santiago100palabras, paso a compartir con ustedes el cuento con el cual participé. Sólo se aceptan elogios y alabanzas al escrito y a la escritora.
LO VI

Me sentía tan angustiada que vagaba por la calle sin sentido, sin poder pensar con claridad a dónde ir ni dónde buscar. Imágenes perversas se agolpaban en mi mente, exaltando mis miedos y apabullando, mi ya débil, optimismo. De pronto lo vi, era él. Lo llamé: -¡hijo!. Levantó la cabeza, me miró con los ojos desorbitados, soltó la cartera, desparramando su contenido en el pavimento. Salió corriendo. Una mujer gritaba pidiendo ayuda. Juro que no vi hacia donde corrió, de verdad lo juro.

viernes, agosto 10, 2007

CUENTOS

Ilustración de Pep Tur


Ya está corriendo el plazo para presentar cuentos al concurso Santiago100palabras. Esta vez, el primer lugar se llevará pasajes y estadía para 2 personas en las Olimpiadas de Beijing del 2008. Además, en esta oportunidad, darán un premio al elegido del público, así que podremos votar por los cuentos que más nos gusten.

El máximo son 3 cuentos por participante y el jurado está integrado por Alejandro Zambra, Alejandra Costamagna y Roberto Fuentes, quienes contarán con la colaboración de un jurado de preselección coordinado por los organizadores.

Las bases y todos los detalles están en este link

A petición del público (Leo) acá van los links de los cuentos con que participé el año pasado: Baches y Llueve

jueves, marzo 01, 2007

MALINCHE



Al fin y a propósito de mis vacaciones, logré empezar a leer Malinche de Laura Esquivel. Es un libro que tenía muchas ganas de leer y que no encontraba el tiempo de empezar. Pues bueno, lo que he leído, que son como 70 páginas, me ha dejado una impresión de narración mágica, que puede no tener ningún asidero histórico, puede que sea aplicable a cualquier niña que se crió casi sola, acompañada de la imaginería de una abuela sabia, de alguien a quien, los que debían amarla, nunca prestaron atención y que se acostumbró a la indiferencia. Puede que tenga más que ver con la forma como se forja la personalidad de una mujer que con una historia mitificada de un personaje del pasado de latinoamérica, pero a mí me está gustando cada vez más, porque así nos hacemos todos, a fuerza de vivir y aprender, de imaginar y soñar y de poner los pies sobre la tierra. A fuerza de asumir quienes somos, quienes son los que nos precedieron y quienes queremos que continúen o modifiquen lo que hemos hecho.
Y acá va de muestra un botón "Hoy dejaré estas tierras. No veré derrumbarse a todo el universo de piedra, ni las telas de piedra que construimos para ser espejos de los dioses. Hoy el canto de los pájaros se llevará mi alma por los aires y mi cuerpo quedará desanimado, volverá a la tierra, al lodo y renacerá de nuevo algún día en el sol que se encuentra escondido en el maíz. Hoy mis ojos se abriránen flor y dejaré estas tierras, pero antes sembraré todo mi cariño en tu piel"